Quiero besar la Tierra

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Quiero besar la Tierra

Mensaje  LisBushi el Mar Mayo 20, 2008 9:28 pm

Lo acabo de sacar del horno. Acepto críticas constructivas Razz

Quiero besar la Tierra

Nací en la Tierra. Mis primeros cinco años fueron felices. Los cielos eran azules, las nubes blancas corrían por ese cielo, y a veces, cuando eran grises, hacían llover y tronar infernalmente. Pero ya, cuando mi madre me incubó en su maldito vientre, ella ya conocía el plan del Gran Éxodo. De haberlo sabido me habría ahogado en mi propio cordón umbilical. No quiero escucharla más... ¡Me vuelvo loco!

El plan del Gobierno de la Tierra fue desalojar a la mayoría de la población mundial, por entonces unos ocho mil millones de habitantes, y distribuirlos por las setecientas colonias en el núcleo central del sistema solar, básicamente en los asteroides.
Sólo los más privilegiados tuvieron la suerte de conseguir alojamiento en colonias de Marte. La Luna se destinó para los más ricos y para el Gobierno humano.

La Tierra llevaba siglos poblada a reventar, y la habían ensuciado sin piedad. La Tierra estaba sufriendo los últimos años un proceso que volvía a ser inestable, a pesar de que la humanidad ya estuvo concienciada. Y los políticos no tuvieron otra mejor idea que obligar a todo el mundo a abandonar su cuna. A abandonar su cuna y a olvidar los cielos azules.

Sólo dejaron a ciertas poblaciones, la mayoría pueblos primitivos, pues consideraron que no podían ser movidos y su función ecológica podía ser interesante. También dejaron a una patrulla de científicos para colaborar en la regeneración terrestre.
Evidentemente mucha gente se quejó. Algunos incluso intentaron provocar guerras civiles, rápidamente reprimidas por colaboradores del Gobierno. Otros intentaron pactar, pero fue prácticamente imposible hacerse oír.

Me parece horrendo... Necesito volver a la Tierra. Ella se lamenta, lo oigo.
En la colonia, hubo unos hombres que me prometieron que había una manera de volver a la Tierra. Nadie les hacía caso. Yo les creía, de la misma manera que yo escuchaba a la Tierra. ¡Tenía voz! En un momento dado les expliqué lo que me ocurría, que les creía, y ellos me creyeron también.

Entrar en la Tierra estaba terminantemente prohibido. La habían mantenido como una reliquia sagrada. Yo mismo casi experimenté el cruel castigo de probar entrar en su atmósfera. Me acerqué. Era una bola azul, cada vez más azul, y allí se veía manchas marrones, que eran los continentes. Reconocía alguno, como América, Europa.... Los ojos se me llenaban, pero ellos no me dejaron. Me avisó una voz egoísta de que si me acercaba más me destruirían.

Ellos me prometieron permisos. Sólo los podían conseguir de manera difícil, y por ello tenía que pagarlo caro. Pero yo quería volver a ver su cielo azul.¡Porque es mi madre! Cuando se me llevaron, lloré, lo sé, como si me arrancaran de sus brazos.
Así que hice todo lo que me pidieron a cambio para pagarles.
Robé, luego maté por encargos. No me importaba. Yo quería volver.

Pero me engañaron. Fue un día que tuve las manos llenas de sangre, se resistió mi último encargo. Me dijeron que no podría ser. Que ya no era posible. En ese momento volví a escuchar la Tierra. ¡Ella me lo ordenaba! ¡Tenía que volver! Los maté.
Cogí mi nave, y fui hacia la Tierra. Ella me llamaba, seguro que esta vez me protegería. Además, seguramente las vidas que había privado, las almas de sus cuerpos habrían vuelto a Ella, y Ella me lo agradecería. Estaba seguro. Me quiere, lo sé. Me desea.

Ella ya estaba ahí, dilatada, azul. Se me acercaba, yo me acercaba. ¡Por fin mi nave besó su atmósfera!
La pantalla enrojecía, mi nave se resistía, no quería entrar. Unos cabrones comenzaron a disparar. Eran los mismos que me arrancaron de ella. Pero yo iba decidido. Por fin. ¡Era así de fácil! Y Ella me dijo que me deseaba. Ya la notaba. Ya la sentía. ¡Vengo a ti!

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El oficial González esperaba pacientemente en el pasillo. La intendente Jerkins le atendería en breve.
-Alférez González, ya puede pasar. –Sonó una voz desde el altavoz.

González entró. La intendente Jerkins se encontraba siempre ocupada y preocupada, pero le miró y cortésmente le mostró el asiento.

González se sentó. Jerkins dejó dos pilares de documentos en el margen izquierdo de su mesa, se sentó al lado opuesto de González y cruzó las manos.
-Alférez González. Le he citado puesto que hemos decidido nombrarle teniente del escuadrón gamma... Esto no suelo decirlo, pero dada su dedicación, su comprensión que valoramos e incluso la diplomacia que en escasos momentos, pero tensos, ha podido mostrar, queremos nombrarle teniente del escuadrón beta en breve. ¿Desea decir algo?

González no sabía qué decir. Se encontraba por un lado honrado, satisfecho, contento, pero por otro la presión, la dificultad que suponía su trabajo y los momentos duros que había experimentado en el breve año, desde que se colocó en las filas de las Fuerzas de Protección de la Tierra le cansaban, le suponían una resistencia a aceptar mayor responsabilidad de la que ya tenía.

-Entiendo la dureza de su trabajo, y que espera una hija en breve. Pero como sabrá desde el principio, esto no es obligatorio... Si bien necesario, aunque supongo que eso no hará falta que se lo diga.

González pensó y aceptó, los pesos de la balanza se equilibraron.

Cada día muchos colonos del espacio trataban de entrar en la Tierra. Básicamente, aunque su misión real era impedir cualquier tipo de entrada, la mayor dedicación se trataba en captar a todos aquellos “nostálgicos”, como los llamaban. Había visto en muchos casos incluso naves tan antiguas, que comenzaban a despedazarse, y mientras intentaban entablar conversación, escuchar gritos de dolor. O bien ver como insensatos se lanzaban a quince mil metros de altura, como último recurso, en paracaídas, muriendo de asfixia y baja presión. Esos eran también frecuentes, y los solían llamar “ángeles grises”. Pero en algunos casos les era posible salvar alguna vida antes que fuera tarde.
-Dígame... Teniente González. ¿Cómo se encuentra su último nostálgico? –La intendente Jerkins sabía que González era un hombre que se preocupaba por aquellos que había conseguido salvar. Él lo consideraba una excusa de continuar con su trabajo hasta el final.
-Lo han ingresado en un centro mental, aquí en la Luna.
-Me han dicho que ya tienen una sección especializada en esos casos.
-En efecto, pero su caso no es simplemente una depresión agudizada. Me contaron que sufría una patología. La policía de los asteroides, de la sección theta, lo tenían en búsqueda y captura. Al parecer estaba dentro de una red local de extorsión de una colonia minera, y había sido un asesino a sueldo. Los psiquiatras lo analizaron, sin embargo, y consideraron que su caso era para internarlo.

Finalmente se despidió de la intendente, y se dirigió hacia su casa. Recogió su casco de piloto del asiento, que dejó abandonado. En el horizonte de la base Anular X, tras los grandes ventanales, se veía una Tierra azul infinita. González la miró sin pensar en nada. Llegó a su casa. Su mujer bellamente embarazada recibió la noticia. Tampoco supo si alegrarse, conocía lo que pensaba su marido.

-A veces tengo ganas yo también de volver. –añadió su mujer- De ver algo que no sea el espacio o estar enclaustrada entre paredes, ni respirar aire que no sea respirado diez mil millones de veces y reciclada por mil aparatos...
-Brenda, ¿qué le podemos hacer? –respondió González, triste.
-Si comprendo bien el porqué no podemos volver, al menos por el momento. Pero puedo hacerme una idea aproximada de porqué lo hacen, aunque pueden haber otros motivos... Creo que es en realidad una tontería. La obsesión de los humanos por creer que como en casa no hay mejor lugar. Acabaremos acostumbrándonos tanto al espacio, que ya verás como luego seremos nostálgicos del montón de estrellas sobre este fondo negro.-dijo riéndose. Estas últimas palabras enternecieron a González, y lo apaciguaron en cierto grado.
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